Allí estabamos, a distancia, sin duda, en las mismas condiciones de agradable incertidumbre y expectativas, y ambos sosteníamos nuestros corazones en la mano, rosados y palpitantes y preparados para el placer y el dolor, y estábamos a punto de arrojarnos los corazones a la cara del otro como bolas de nieve o pelotas de criquet (¿cómo?) o, pasa ser más precisos, como si fueran enormes heridas sangrantes: Toma mi herida. Porque la última cosa en la que pensamos en un momento así es que él (o ella) dirá: Toma mi herida, por favor, arranca el arpón de mí. No, nada de eso, uno simplemente espera librarse del propio.

Doris Lessing, Cómo perdí al fin mi corazón, Cuentos europeos

Y la respuesta a la cavilación inútil podría estar aquí, en este fragmento de un cuento, en la genial técnica narrativa de Doris Lessing.